sábado, 27 de agosto de 2011

La noción de lo relativo


Lo relativista, extremizado

Para muchas personas, especialmente para aquellas de convicciones políticas, artísticas, teóricas o religiosas más acentuadas, el adjetivo de relativista parecería ser el más acertado a la hora de etiquetar a aquellos traidores y traficantes de ideales que, carentes de lealtad alguna a un fin superior, actúan como los abogados mercenarios de sus propios arrebatos e intuiciones o de los del mejor postor.
Incluso muchos debates cotidianos, donde hay uno que discrepa con la opinión mayoritariamente asumida, se solucionan cuando una de las partes es acusada de relativismo. Esta maniobra convierte sus ideas automáticamente en opiniones parasitarias, que se alimentan de la flaqueza del consenso social y que lo agotan, pero que no son capaces de restituirlo por otro más poderoso (al partir de una flexibilidad que no es sino inestabilidad y de una modestia que a su vez no es sino debilidad). 
Más allá de su desprestigio, las distintas corrientes y posturas calificadas como relativistas comparten una característica muy importante: todas ellas nacen en oposición a un planteamiento extremista, del cual critican sobre todo su carácter parcializado y polarizado. Así, es más sencillo dar cuenta del relativismo cultural, moral o filosófico cuando nos situamos dentro de su debate inherente con el etnocentrismo cultural, el fundamentalismo religioso o el dogmatismo ideológico. De ahí que un sincero análisis de los distintos sentidos del relativismo debe comenzar caracterizando los extremismos que lo suscitan. 


Lo extremista, relativizado

De estos extremismos se ha dicho que actúan contra los mismos principios que dicen defender. Así, se ha dicho, por ejemplo, que el fundamentalismo religioso cristiano no ha hecho sino entorpecer la difusión y la confianza de los gentiles en la buena nueva de Jesucristo, quien en ningún pasaje de la Biblia incitó, previó o alentó guerras santas en su nombre, como le recordaba Solimán el Grande a los cruzados de Jerusalén hace ya más de mil años. Los musulmanes, por supuesto si tenían aquella bendición de la que los cristianos carecían: su profeta, Mahoma, instituyó la Yihad. Hay dos formas de entender la Yihad: como lucha interior y como lucha contra los enemigos del Islam. A pesar de la popularidad de la segunda entre propios y extraños, la única legítima es la segunda dado que se relaciona a la Sumisión total (del alma) a (la voluntad de) Dios, que sería el centro del mensaje del Corán. No hay ni el más mínimo rastro de una lucha interior por someter el alma a la voluntad de Dios en un atentado terrorista contra personas inocentes no involucradas en la contienda militar de EE.UU. y sus aliados en contra de los regímenes de determinados países árabes, por lo que también en esos casos los fundamentalistas islamistas atentan contra los principios que esperan defender.
Los móviles de los fundamentalistas son otros y generalmente aún no han tomado conciencia de ellos. Su visión del mundo está trastocada y tergiversada por el hecho de haber mantenido un mismo monólogo en su aproximación a la realidad, en el que son introducidos por vivencias particulares que bien pudieron ser distintas y más enriquecedoras reflexivamente pero que lamentablemente fueron rígidas y paralizantes, por lo que rechazan el atender las ambigüedades y las contradicciones del proceso mismo de aprendizaje, que podrían cambiar su visión del mundo. 

Dar cuenta, sin embargo, de los distintos cursos de la experiencia que pueden llevar a una persona a ser extremista es muy difícil y quizás imposible, en tanto lo que podamos decir variaría de cualquier manera de persona a persona, desprestigiándose no solo nuestra generalización sino nuestra misma capacidad de generalizar, al no saber dónde se requiere generalizar una idea (por ejemplo, al decir que todo relativismo lo suscita un extremismo; es decir, al hablar de generalidades) y dónde no (al hablar de experiencias subjetivas, como ahora en el caso de las razones por que alguien se vuelve extremista). 
Pero este análisis de lo extremista tiene una característica que lo pone en una posición curiosa (dado el tema sobre el que venimos disertando: la comparación de lo relativista y de lo extremista): este análisis es una relativización de los extremismos. Pero, ¿su carácter relativizado lo hace relativista? Desde hace mucho tiempo pienso que no, que lo relativo y lo relativista son nociones distintas y que lo relativista es ser extremista precisamente. 

Lo relativo es distinto a lo relativista

Comencemos con una instructiva parábola:

Y les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: «Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?. El les respondió: «Esto lo ha hecho algún enemigo». Los peones replicaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». «No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero» (Mt, 13: 24-30)
Se supone que de aquí proviene tanto celo ideológico: de saber separar el trigo de la cizaña, lo que no es una cuestión meramente nominal, pues se refiere a la casi imposible tarea de juzgar a la gente y a las actitudes perniciosas pero sin perecer en el intento por obra de nuestra propia desmesura. Para los sembradores de nuestros tiempos, sin embargo, esta exhortación ha devenido en una práctica informal, es decir, en separar cualesquiera sea el método, por amor a nada más que agrupar lo que es el trigo y lo que es la cizaña. 
Si yo quisiera explicar la diferencia entre lo relativo y lo relativista no recurriría a los esquemas absolutos de "Trigo" y "Cizaña", sino que compararía las dos actitudes de las que habla el sembrador de la parábola frente al problema acuciante de la cizaña: por un lado, el correr a arrancar la cizaña y el por otro la actitud de esperar hasta la cosecha. Los más entusiastas peones se sienten llamados a hacer la distinción (etnocentrismos culturales), ya sea de una vez (milenarismos fundamentalistas) o por la fuerza (terrorismos fundamentalistas) o bajo un solo criterio (dogmatismo ideológico), del trigo y la cizaña. El sembrador, más bien, los exhorta a tomar otra actitud: a proceder con cuidado porque separar el trigo y la cizaña no es posible sin proceder torpemente: sin dañar el trigo. 
Así como en un campo de cultivo, en el ser humanos coexisten aspectos que los demás aprecian (el trigo) y otros que condenan (condenan). La cizaña, en la imaginación de quien nunca ha plantado trigo en su vida, que somos la mayoría de personas hoy en día, debe ser una especie de planta sucia, degeneradora, malévola e improductiva. La cizaña, sin embargo, no es más que una planta muy parecida al trigo, que crece de forma natural junto a este y que se considera una maleza nada más que desde la óptica y los intereses de los sembradores (que pueden consumir y comercializar el trigo pero no la cizaña). 
Cuando el sembrador no recomienda separar de una vez el trigo de la cizaña lo hace por un motivo más fuerte que su mera similitud: el que arranca la cizaña corre el peligro de arrancar también el trigo porque sus raíces están atadas bajo el suelo.  


Lo relativista es ser extremista

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